¡Del mar me enamora hasta su olor!
Uno de mis sueños dorados para cuando me jubile, es tener una casita baja en uno de esos pequeños pueblos costeros poco famosos de la zona de Levante español, donde poder pasar largas estancias, y salir por la mañana temprano a primera hora, con una sillita plegable que tenga un buen respaldo y sentarme junto a la orilla, no sólo para mirar, sino también para escuchar y sentir el olor … Y es que, ¡del mar me enamora hasta su olor!
Sí, el mar tiene algo que enamora. No sólo me enamora su color, que torna desde el azul transparente hasta el gris con irisaciones plateadas, o su alegre movimiento y su tremenda energía que llama a la vida, o su fuerza … Para los que tenemos que recorrer una gran distancia hasta llegar a el … ¡Es todo un lujo poderlo mirar!
Da igual la hora en qué momento nos dispongamos a contemplarlo, porque tiene tanta esencia y tal profundidad, que siempre nos transmitirá un mensaje de alegría y esperanza a su vez …
Si me dieran a elegir, creo que me gusta más el mar en el Invierno que en la época de Verano. Contemplar desde algunos metros la espuma blanca que salta con un golpe de viento y da contra las rocas, me atrae llenándome de vida, fuerza, energía … De todo. Es entonces cuando me entusiasma acercarme con los pies descalzos o con unas sandalias de goma o unas botas hasta la rodilla, e ir hundiendo mis pisadas en la arena para introducirme en la orilla, con una serenidad tal, que es como si todo el tiempo se detuviera y esos minutos nunca fueran a llegar a su fin …
Mientras camino, siento cómo un intenso olor me embriaga … Y es el olor del mar. Una vez leí que su olor es una mezcla del aroma de la sal, junto con el olor de los peces y la humedad de las rocas, unido al olor que emana de la descomposición de algunas bacterias que poseen algunas algas microscópicas del plancton marino. Cuando estuve en la isla de Malta, me llamó la atención observar que el mar apenas “olía a mar” … Y aún más me llamó la atención darme cuenta de que no veía ninguna gaviota … Cuando se lo comenté a mi padre, me respondió que lo que producía el olor a mar era lo que atraía a las Gaviotas, y que si no había gaviotas era porque no había nada que comer … Efectivamente, por lo que pude ver, no era una costa rica en peces. Una pena para las gaviotas, y para mí el no poderlas disfrutar…
Decido dar media vuelta, y a lo lejos diviso unas rocas, por lo que me dispongo a ir lentamente hacia ellas. Con cierta facilidad logro trepar un poco sobre ellas y sentarme en un pequeño hueco que el sol ha calentado. De repente, percibo cómo un rayo de sol me da en la cara y en las manos. Es ese cálido sol que apetece y que te hace sentir tan a gusto … Cuando me siento bien, me resulta imposible no esbozar una sonrisa en mi cara … ¡Qué bien estoy! , -Pienso hacia mis adentros-, ¡Ojalá que nunca se acabe!. Me pasaría así los segundos, los minutos, y después las horas …
Como deseo ser prudente y no cansarte, termino aquí mi pequeño relato en el que te cuento acerca de por qué del mar me enamora hasta su olor. Si te ha gustado, te animo a compartirlo con tus amigos a través de las Redes Sociales. ¿Te gustaría recibir los nuevos artículos a través del correo electrónico? Te he puesto un apartado a la derecha para que te puedas suscribir. Y si te animas a dejarme algún comentario o a hacerme alguna pregunta, ¡Genial! ¡Seguro te respondo! ¡Un abrazo y hasta la semana que viene!
¿Deseas saber para quién colaboro? Pulsa aquí
