Olores y emociones que nos hacen sentir bien (4 y última)

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Iglesia de Santa María, en Gumiel de Izan, (Burgos)

Deseo seguir compartiendo contigo ésta cuarta y última entrada relacionada con los aromas y las emociones que nos hacen sentir bien.

Continuabamos paseando por las singulares calles de Covarrubias sin prisa alguna, hasta que llegamos a una plaza no muy grande, donde nos sentamos a tomar algo en una de las sillas con mesas que había sacado un “Barcito”. Se respiraba un fresco aire mezclado con ráfagas de olor a leña. Una sensación de laxitud me invadió quedándome en silencio, y comencé a contemplar el cielo, que con la llegada de las nubes formaba sobre las fachadas de las casas unas curiosas tonalidades de luces y sombras dándoles un encanto especial…Me hubiera gustado que hubieras estado ahí para que lo pudieras disfruar tú también.

El tiempo pasaba, y, se estaba ahí tan bien sentado tomando un café, ¡que no apetecía levantarse! … Pienso que, para sentirse bien, no hace falta realizar cosas extraordinarias, sino, al revés, pararse a saborear y oler las cosas bellas que nos vamos encontrando al paso de la vida.

Por fin, hacia las 5.30, decidimos levantarnos e irnos yendo hacia el coche para tomar el camino hacia Madrid, y ver algún pueblo más en el camino si nos apetecía.

Ya había anochecido, y pasados unos cuantos kilómetros, vimos que había una desviación hacia Gumiel de Izan, que también está en Burgos. El nombre nos pareció tan curiosamente histórico que, no pudimos resistir la tentación de pararnos a conocerlo. Las guías de turismo hablan de pueblos como Lerma, Aranda de Duero y otros, que son indudablemente preciosos, pero hay muchas otras maravillas que pasan desapercibidas, y que realmente merecen la pena conocer. Desde que salimos de la autovía hasta el pueblo, hicimos el recorrido más despacio para poder contemplarlo todo con la luz de los faros. Había alguna farola de vez en cuando cuya luz daba un aspecto original al paisaje. “Con tanta calma y la poca luz, me voy a dormir”, pensé. Al llegar al pueblo, nos llamó la atención la Iglesia. Para que te puedas hacer una idea, te he puesto una foto de ésta Iglesia, que es la de Santa María, al comienzo de ésta entrada. Junto a ella se encontraba una niña llevando a su muñeca en un carrito a la que hablaba como a una hija y le daba consejos. “¡Qué graciosa!” pensé. Hacía algo de frío, y, a pesar de ello, nos sentamos en unos bancos para admirar de nuevo la majestuosidad del edificio, el silencio, las luces, la paz, y por supuesto, ¡respirar el ambiente limpio que también reinaba!

La luz amarillenta de las farolas intensificaba los colores ocres de la fachada de la Iglesia y de las casas, que muchas eran de piedra muy antigua y tenían un aspecto bastante bien conservado. “Esto es calidad de vida”, volví a pensar. Aquí las personas no viven como si los minutos fueran “celdas de Excell” en las que tuvieran que rellenar todos los huecos para tenerlo todo bien aprovechado

Comenzó a levantarse un viento frío del norte que nos daba en la cara. -(Menos mal que íbamos bien abrigados, porque si no, nos hubiéramos tenido que ir al coche corriendo para no “helarnos”)-. Era de esos vientos que te dejan un característico “olor a frío”, y que si vas bien protegido te hacen sentir más vivo …

Aprovechamos para dar una vuelta a los alrededores. Otra vez la limpieza del ambiente y de las calles me volvió a maravillar. “Aquí no necesitan gastar en barrenderos”, pensé: No había ni un solo desperdicio ni siquiera una colilla.

Después de dar la vuelta, nos decidimos a volver al coche y retornar el camino a casa. Antes de subirme al coche, volví a echar un vistazo a todo para tratar de retener todo en mi memoria. Intenté memorizar también aquel olor a limpio carente de polución.

Hicimos el viaje de retorno con bastante tranquilidad. Pensábamos cada uno en lo que nos esperaba por hacer al día siguiente: Yo tenía que escribir los post de las redes sociales, idear las promociones, ir pensando en la entrada del Blog, echar una mano envolviendo ambientadores mikado y velas … etc. Lo veía todo con otra perspectiva. Algo de aquella paz se nos había contagiado, pues nos sentíamos relajados y a gusto.

Cuando llegué a casa, me preguntaron. ¿Qué tal día has pasado? “No hace falta que nos respondas”, me dijeron. “Tu cara lo dice todo”…

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Durante los días siguientes, estuve recordando con placer los paseos, las imágenes, los olores y los recuerdos tan positivos que se me habían grabado en la memoria de ese día. Esas pequeñas experiencias que nos evocan tales emociones merecen la pena totalmente vivir, ¿verdad?

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